“...Llegada que fue, se quitó la guirnalda, y queriendo subir a suspen-derla de las pendientes ramas; se trocha un vástago envidioso, cayen-do ella y su floral trofeo al llanto de las aguas. Su vestido se desplegó, y pudo así flotar un tiempo, tal como las sirenas, mientras cantaba estrofas de viejos himnos,como quién es ignorante de su desgracia, oigual que la criatura oriunda de ese elemento líquido. Pero no era posible que así durase por mucho tiempo. Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, arrastraron a la infeliz desde sus cánticos a una muerte llena de angustias.”
WILLIAM ShAkESPEARE. Hamlet. Escena 7, 4º acto
Ofelia ha sido tema recurrente, recogido una y otra vez por la pintura romántica –Delacroix aborda La muerte de Ofelia en 1853; Alexandre Cabanel treinta años después– y, especialmente por los prerrafaelistas. William Waterhause, Arthur Hudhges... y Everett Millais se acercaron al personaje de Shakespeare, en el momento en que ésta se precipita al arroyo, para transmitirnos una fuerte sensación de abandono y desamparo. Un tema al que no ha renunciado la pintura ni el arte contemporáneo. El agua como contenedor de angustias y emociones, o ¿por qué no? como ámbito del renacer. Una ambigüedad que es presumible en la ¿petición de ayuda? que hace a Brad la Chica ahogándose, –¿un trasunto de Ofelia?– de Roy Lichtenstein. Esa muchacha que llora sumergida en el rio de sus propias lágrimas, ahogada en el magma líquido de sus sentimientos, abandonada a su suerte, una vez despojada de cualquier atisbo de fortaleza.
El agua como pretexto. Cuerpos sumergidos en el agua. Un asunto fascinante por el que la pintura siente cierta predilección y en el que los artistas han incursionado una y otra vez. Un recurso pictórico, un tema, casi una metáfora, de la que se sirve Perla Fuertes para jugar, más allá de las sensaciones que puedan provocar las obras, con las propias emociones. Y, a la vez, una excusa perfecta para plantear dilemas y ambigüedades tan presentes en su pintura. Un nuevo acercamiento a un tema pictórico, despojándolo de autocomplacencia decorativa. Una serie en la que los propios títulos de los cuadros: Respirar, Renuncia, Certidumbre, Inevitable impulso, Absorta, Búsqueda indecisa... plantean cuestiones y dilemas más complejos y personales. El esfuerzo contenido de esos personajes, de esas figuras femeninas inmersas en el líquido acuoso. Un intento de escapada, una situación de caída libre, el ansia de recuperar el aire necesario para mantenernos vivos... Esfuerzo contenido que apreciamos en los rostros y los cuerpos que se contorsionan y pugnan por ascender en ese contenedor líquido; un esfuerzo que desmiente –ligereza o ingravidez aparte– que estemos ante una situación placentera.
Unos cuadros que requieren de gran dominio técnico, pues necesitan acometer la combinación entre lo abstracto y lo figurativo. Decidir el cómo habrá de ser la representación de la luz, y sus efectos, sobre los cuerpos; la sensación de movimiento; las irisaciones que produce la vibración del agua... Los colores justos, las pinceladas exactas. Unas obras que, más allá del ejercicio pictórico, versan sobre qué elementos plásticos son los requeridos para abordarlas como un contenedor emocional. Aunque quizá sea en los dibujos de grafito sobre papel, despojados de referencias cromáticas, de cualquier elemento de distracción, donde mejor podamos asomarnos a los acontecimientos íntimos que viven cada una de las figuras en su particular universo acuoso.
Hay en estos dibujos y pinturas de Perla Fuertes cierta complicidad con los modelos que dota a las obras de una transparencia extraña e irreal. Un planteamiento que las pone en relación con la obra de Antonio López; y recuerda bastante el texto del pintor manchego En torno a mi trabajo como pintor, publicado en 2007, en el que manifiesta, en referencia a alguno de sus cuadros que recogen, como motivo y excusa de su pintura, recipientes con ropa mojada y el cuerpo de su esposa sumergido en la bañera: “A mí me parece maravilloso. todos los cuadros que hice, dibujos dentro de ese tema del cuarto de baño, de la ropa sumergida, de la mujer hundida en el agua, todo eso me parecía absolutamente mágico”.
Sí, cuerpos en el agua, inmersos en una caja sin muros ni paredes aparentes; un asunto que tiene que ver con las transformaciones; los cambios que se producen en los comportamientos de los individuos una vez fuera de su medio natural. Los cambios que la luz propone que sean recogidos en la superficie del cuadro y también en la manera en que el artista aborda la percepción que tiene de su propia obra.
Disfrutemos de esta serie de pinturas y dibujos y, volviendo al inicio, despidamos a Ofelia, esa feliz invención shakesperiana que ha dado lugar a tan bellos y emocionantes cuadros, con las palabras pronunciadas por el propio Laertes: “¡Desdichada Ofelia! Demasiada agua tienes ya, por eso quisiera reprimir la de mis ojos... Bien que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por más que el valor se avergüence. Pero, luego que este llanto se vierta, nada quedará en mí de femenino ni de cobarde... Adiós señores... Mis palabras de fuego arderían en llamas si no las apagasen estas lágrimas imprudentes”.
Pedro Manzano
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