Las imágenes de Manuel Viola muestran cómo mira una realidad nueva al mismo tiempo que él es contemplado como una novedad para sus protagonistas. Novedad que los demás admiten, integran y que no les impide ser ellos mismos, como demuestran sus gestos, sus actitudes, la expresión de los sentimientos que comunican al espectador. De donde se deduce que el autor ha sido aceptado, y para ello es fundamental el respeto, el cariño, la emoción, la humanidad con que se acerca al otro, para después mimetizarse y volverse invisible; o la naturalidad, la verdad, la inocencia, la pureza, transmitidas serían imposibles de capturar.
Imágenes que configuran escenas realistas que retratan perfectamente otras formas de vida y sus costumbres, desarrolladas tanto en espacios públicos como en el interior de sus hogares, escenas que eluden lo excepcional, lo pintoresco, que buscan la normalidad del día a día, pero que se llenan de detalles, de acciones simultáneas, de potenciales historias, de relatos sugeridos, abiertos, no concluidos.
Certera mirada, la de Manuel Viola, que en un fugaz momento fue capaz de percibir y de captar varios sucesos paralelos, que luego distribuye en diferentes planos para que, progresivamente y no a primer golpe de vista, sean descubiertos por el contemplador. Demostración de que no es sólo rápido a la hora de asimilar lo que vio sino que es igualmente veloz, y además, seguro y decidido a la hora de tomar posición en el espacio (ángulo de toma) y de seleccionar la “milésima de segundo” que quiere atrapar. Seguramente esta increíble capacidad de anticipación a la hora de ver, y su seguridad a la hora de decidir, son el resultado del continuo entrenamiento que suponen el ejercicio de sus dos pasiones: la fotografía y la medicina.
Resultado de ello son sus asombrosos retratos colectivos, en los que por muchos personajes que aparezcan no se perciben como comparsas, no se tapan, ni sobran, ni se duplican sus actitudes; cada uno de ellos conserva parte de su personalidad y muestra el papel que juega en el grupo. La combinación de tantos elementos solo parece posible para un gran director de orquesta, quien después de muchos ensayos, siguiendo una partitura escrita e imponiendo su interpretación hará sonar la música. Lo que aquí impresiona es que no hay guión, ni director de escena, simplemente ocurrió, casi nadie lo vio, pero Manuel Viola superando la enorme complejidad del reto fue capaz de intuirlo y llegar a tiempo para captarlo.
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